Nutrición deportiva · 12 de marzo de 2025

What Changed After the Initial Review

Una mirada serena a los ajustes que marcaron la diferencia en la planificación nutricional de un mesociclo de fuerza.

Cuando revisamos por primera vez la pauta de un atleta de fuerza que entrenaba cinco días por semana, el problema no estaba en las calorías totales ni en la proteína. Estaba en la distribución de los hidratos alrededor de las sesiones de mayor intensidad. El cambio parecía menor sobre el papel, pero en la práctica resolvió una sensación constante de piernas pesadas que arrastraba desde la tercera semana del bloque.

La revisión inicial se centró en tres puntos: el timing de la ingesta de carbohidratos, la dosis real de creatina que estaba tomando y la hidratación durante los entrenamientos en horas de calor. El primer ajuste fue adelantar la comida principal de la tarde a dos horas antes del entreno de fuerza, en lugar de dejarla para después. Eso liberó energía sin generar molestias digestivas. El segundo fue más simple: estaba tomando creatina en días de descanso con la misma dosis que en días de entreno, cuando la evidencia sugiere que una pauta fija diaria de 3 a 5 gramos es suficiente, sin necesidad de duplicar en jornadas de alta demanda.

Lo que más sorprendió fue el tercer punto. El atleta bebía agua con regularidad, pero no reponía electrolitos en sesiones que superaban los 90 minutos. En clima mediterráneo, con temperaturas que rondaban los 28 grados, la pérdida de sodio por sudor era mayor de lo que estimaba. Añadir una pizca de sal y un poco de zumo de limón a la botella de agua durante el entreno cambió la percepción de fatiga en las últimas series. No fue un efecto placebo: la contracción muscular depende de un equilibrio adecuado de sodio y potasio, y en sesiones largas ese equilibrio se rompe antes de lo que uno cree.

A las dos semanas de aplicar estos cambios, el atleta notó que podía mantener la misma carga en sentadilla sin que la última serie se convirtiera en un ejercicio de voluntad. También desapareció esa sensación de sed intensa que aparecía a mitad de sesión y que antes interpretaba como falta de condición física. La revisión inicial no descubrió nada revolucionario; simplemente puso orden donde había hábitos razonables pero mal sincronizados.

El siguiente paso natural fue revisar la ingesta de proteína en la ventana posterior al entreno. No porque la ventana sea tan estrecha como se creía hace años, sino porque en su caso la comida principal del día caía demasiado lejos del final de la sesión. Ajustar el batido post-entreno para que incluyera 30 gramos de proteína y unos 40 de hidratos de absorción rápida fue suficiente para mejorar la recuperación sin alterar el total calórico diario.

Si este tipo de ajuste te resulta familiar, puede que tu planificación también necesite una revisión más fina de la que sueles hacer. No se trata de cambiar todo de golpe, sino de identificar qué variable está desalineada: el timing, la dosis o la hidratación. A veces, como en este caso, el cambio más rentable es el que parece más pequeño.

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